Durante el transcurso de mi desarrollo profesional, he tenido el privilegio de acompañar a muchas familias que han dejado una huella profunda en mí. Cada usuario y usuaria ha sido único/a, especial, y cada historia ha contribuido no solo a su desarrollo; sino también al mío como persona y como profesional.
Cuando comienzo a recordar un poco de todo lo que hemos vivido, no puedo evitar recordar las palabras de algunas familias que confiaron en mi trabajo, como la mamá de Anastasia que comentó que desde que comenzamos a trabajar con su hija, me consideró como “más que una profesional: en un pilar fundamental en su proceso”; destacó no solo los avances en el lenguaje, sino también “el acompañamiento constante en momentos familiares complejos, la contención emocional y la tranquilidad que logramos construir juntos” Para mí, esas palabras reflejan algo esencial: la terapia no ocurre solo en una sesión, sino en el vínculo que se construye con cada familia. Considerando también el vínculo que se forma con colegas de otras profesiones, con quienes hemos compartido casos, apoyado/guiado sus procesos y siendo en más de una ocasión, un oído y brazos de contención para cada miembro de la familia.
Otra familia que llegó a mí buscando respuestas para su hija Zaida, quienes describieron ese primer encuentro como “lleno de expectativas y también de incertidumbre”. Con el tiempo, ese proceso se transformó en una experiencia profundamente significativa para todos. Describieron el espacio terapéutico como “un lugar donde su hija quería estar, donde se sentía querida y motivada”. Por otro lado, para mí, Zaida no fue solo una usuaria: fue una compañera de juego, alguien que me enseñó a conectar desde lo simple, a mirar el mundo desde su altura sin dejar de sostener el rol profesional.
También guardo con mucho cariño el testimonio de la familia de Santiago que enfrentaba desafíos importantes relacionados con la comunicación, en el contexto de apraxia y CEA. Ellos valoraban la paciencia, la dedicación y el enfoque personalizado que permitió avances concretos en la articulación y la interacción social de su hijo. O la familia de Bruno, Alonso, Rafa, Julián, Amelie, Gabriel, Gaspar, Facundo, Alanis Maximo y Maximiliano, Benja, Emma’s, Antonella, Isabella, Joaquín 1 2 y 3 jejej, Eloisas… todas familias en que más allá de los logros técnicos, lo que más rescato es la confianza que depositaron en mí y el trabajo conjunto que hicimos como equipo. Familias que incluso me postularon a premios dentro de las primeras semanas de conocerme y familias que no dudaron en apoyarme en aquella postulación.
Cada niño y niña ha dejado una enseñanza. Ariel, por ejemplo, con quien compartimos largos trayectos entre Buin y Santiago, me mostró el valor del compromiso familiar y la constancia. Andrés, uno de mis primeros casos más complejos, me desafió desde el inicio y me enseñó a confiar en mis herramientas, logrando muy buenos resultados. Elieth, que con su entusiasmo inagotable y su amor por el juego, me recordó por qué elegí esta área y me conectó profundamente con mi vocación. Santiago, con quien hemos realizado un camino largo, acompañándonos desde sus inicios en el lenguaje, cuando no existían palabras, y ahora mejorando su discurso y acompañando sus relaciones sociales, muy similar a lo que realizamos con José Andrés, el pequeño de esos rulos bellos que cada semana me decían “Hola Tado” y se fue despidiéndose de “Caro”.
Y así podría seguir nombrando historias, risas, aprendizajes y desafíos. Porque en cada sesión no solo hay objetivos terapéuticos, sino también encuentros humanos que se quedan para siempre. No es un secreto también que en ocasiones he sido yo (y podría hablar por todas las terapeutas también), quienes hemos necesitado un abrazo, un oído o un momento de respiro; somos humanas, nos equivocamos, tenemos días buenos y malos, pero eso, lejos de debilitarnos, hace los lazos aún más reales y significativos. Nadie es todopoderos y nadie tiene todo aprendido… tenemos un largo camino por recorrer todavía.
Hoy puedo decir con certeza que cada familia, cada niño y niña han sido especiales. Todos y todas se recuerdan con cariño. Y de cada uno puedo rescatar algo: una enseñanza, una emoción, una experiencia que ha enriquecido mi forma de mirar, de acompañar y de ejercer esta profesión. No por nada, han sido casi 8 años dedicados completa y puramente a la fonoaudiología.
Gracias por la confianza y por su ayuda. Seguiré trabajando para muchas familias más.
Carolina Saa
Fonoaudióloga de Bosque Azul





